Lo que me descoloca es que nuestra propia mente nos juegue en contra todo el tiempo. ¿Por qué será que cuando hay algo que molesta, algo que bajonea, algo que enoja, nuestra cabecita se empecina en mantenerlo constantemente presente? Y si por algún motivo, algo nos distrae momentáneamente, cuando nuestra cabeza gana la pulseada por volver a instalarlo, el enojo, el malestar y/o la tristeza retornan en un grado mucho más alto!
Nuestra mente es como un campo de batalla. La lucha entre opuestos siempre esta presente, y con esto si que hay que tener cuidado, ya que si nos metemos con demasiado fervor a mediar en esta lucha, no solo podemos salir lastimados, sino que podemos ser conducidos directo y sin escalas a un estado de locura.
Una dupla que no falla en estos combates, es la de amor/odio. Cuando eso (ese o esa) que tanto querés, a la vez te hace sufrir tanto…Cuando eso que tanto te molesta, forma parte de eso que tanto amás. Es ahí, en ese punto de convergencia, o mejor dicho de choque, que nuestras mentes, y por supuesto, nuestras emociones, entran en cortocircuito.
Claro está que esto no tiene ninguna lógica. Pero pensando fríamente, creo que es mejor así, mejor no entender por que se da esta situación. Mucha más impotencia nos produciría sería saber la causa y no poder hacer nada para evitarlo.
Según los que saben, hay tres causas que generan malestar en el hombre: la degeneración del cuerpo, las fuerzas de la naturaleza que no podemos dominar y las relaciones con los demás. Obviamente de estos tres, el último punto es el que más afecta al ser humano ¿Por qué? Porque el hombre interpreta que el daño que proviene del otro es un daño que podría ser evitado, y esta cuestión (tan cierta) es la que nos lleva a preguntarnos una y otra vez sobre la causa que llevó al otro a ubicarnos como el blanco de sus dardos. Causa que difícilmente lleguemos a conocer.
Lo trágico de esta montaña rusa del amor y del odio, es que nos tomemos estas instancias tan a pecho, al punto que cuando se atraviese por la primera, la del amor, creamos estar en la curva más alta de todas, como si no hubiera chances de subir más, y sin embargo, cuando se atraviese por la del odio, la caída desde ese lugar parezca tan trágica, al punto de sufrir como si nunca más nos pudiéramos volver a levantar.
Será que habrá que buscar un punto de equilibro. No digo una meseta, porque eso anularía la emoción y tornaría todo demasiado aburrido. Pero si evitar estos vaivenes tan extremos.
Supongo que hacerlo debe requerir una gran fuerza de voluntad y de dominio sobre las emociones, tarea bastante dificultosa.
Una vez alguien me dijo que me quería todos los días. No sé si eso se puede, pero lo que sí trato de no olvidarme, es que todos estamos de los dos lados, el de los que pueden ser lastimados, y el de los que pueden lastimar. Por eso lo mejor es canalizar ese odio y no reventar.
Yo hoy trato de canalizarlo en estas líneas. Estoy intentando bajar un poco la velocidad, así que espero que la próxima caída (porque asumo que alguna va a haber) sea más leve, y que el golpe no sea tan fuerte.
Mailchimp
Hace 10 años
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