Era muy lindo despertarme todos los días en mi Palacio de Cristal, entendiendo que la vida era eso: bienestar. Ser la hija del Rey no es cosa menor, y si bien mi entorno cotidiano no me permitía olvidarlo, tampoco se olvidaban de recordármelo todos mis súbditos, que lejos de presentarse obligados a ofrecer sus reverencias y servicios, lo hacían con toda la calidez que alguien pudiera esperar de otra persona.
Mi palabra tenía peso. Si bien nunca me gustó abusar de la autoridad que mi papá me había concedido, sabía muy bien que el solo hecho de mover mis labios implicaba obediencia por parte de quienes me rodeaban.
El palacio era inmenso, cómodo y confortable, y en él, estaba todo lo que necesitaba para vivir. Mi papá siempre me hacía promesas: permanecer en el Palacio haría que mi vida fuera cada día mejor, hasta alcanzar una eternidad en el Paraíso. Él siempre me decía que ahí no iba a necesitar nada, porque él había preparado todo para que sin salir yo pudiera conseguir lo que me hiciera falta. Si si, hasta un Príncipe se encargaría de conseguirme, con todas las cualidades que yo anhelara.
Para esto había una única condición: tenía que esperar el tiempo que él creyera necesario para que esto ocurra. Y claro, la espera valía la pena, porque no era cualquiera, era el hombre de mi vida, y yo iba a ser su mujer.
La verdad es que el Palacio era hermoso, pero era lo único que conocía. Desde mi ventana podía ver las luces que venían de la ciudad, eran muchas y de colores, pero nunca había estado ahí afuera, no lo necesitaba. Poco a poco (mientras esperaba) empezó a crecer en mí el interés por ese afuera “¿Qué habría allí? ¿Sería más lindo que mi hermoso y confortable palacio? ¿Serían todos tan buenos como mi papá?” Alguna vez había tenido contacto con gente del exterior, pero siempre era de forma breve, lo justo y necesario. Así fue como cada día empecé observar la ciudad a través de mi ventana, más detenidamente, y no puedo negar, que cada día no solo crecía el interés por ella, sino también las ganas de salir a conocerla, aunque papá siempre me decía que estar adentro era mejor, que no me convenía salir.
Uno de esos días, mirando por la ventana, un joven que me vio, se detuvo y comenzó a hablarme. Era simpático, pero yo tenía que ser precavida, y antes de que pudiera confundirse, me ví en la obligación de explicarle que nunca iba a salir del Palacio. Él lo entendió muy bien.
Los días pasaban y nuestra amistad crecía. Yo le contaba mi vida en el Palacio, y él me contaba su vida en la ciudad. En una ocasión, a pesar de mi advertencia, este joven me invitó a conocer la ciudad con él. Yo dudé, pero él me aseguró que nada me iba a pasar, que él iba a estar conmigo y me iba a guiar. Un día, a escondidas, decidí que no podía ser tan malo, y salí con él.
El paseo fue hermoso, y la ciudad me fascinó. Este fue el primero de muchos paseos que se sucedieron. Cada salida era más prolongada, y en cada una de ellas, los lugares por descubrir eran nuevos. Él sabía bien lo que hacía, cada vez que salíamos, me llevaba a un lugar mejor. Algunos lugares al principio me daban miedo, pero de una forma u otra, tarde o temprano, siempre terminábamos yendo.
Una vez lo invité al Palacio, y aunque no le gustó, se quedó conmigo y conoció como era mi vida. Hubo otras oportunidades en que lo esperé, banquetes y eventos importantes, pero él prefirió no volver. Aunque me parecía un poco egoísta e injusto de su parte, yo lo seguí acompañando afuera, aunque él rechazara mis invitaciones.
Cuando mis salidas se hicieron evidentes dentro del Palacio, decidí que era hora de hablar con papá. No me gustaba mucho la idea de contradecirlo, pero ya mi voluntad estaba ganando peso, y no podía ir en contra de ella, a pesar de las consecuencias…
Si. Tuve que renunciar al trono. El imán que me atrajo de esa ciudad fue tan fuerte que no me importó renunciar a mis privilegios y a todos lo beneficios que mi papá me ofrecía: había encontrado otros afuera, y con esos me alcanzaban.
Mi amigo celebró mi independencia, mejor dicho, celebramos. Con motivo de mi nueva libertad, me llevó a un lugar al que nunca me había animado a ir, la Calle Prohibida. Ya habíamos pasado cerca otras veces, pero nunca me había atrevido a cruzarla. Esa noche decidí que ya podía hacerlo, no tuve miedo, y de su mano, la crucé. Él me hizo sentir protegida, yo sabía que nada malo podía pasar. Algunas otras veces volvimos a transitarla, y cada vez que pasábamos, yo encontraba nuevos atractivos, comenzaba a entender por qué le gustaba tanto ir!
Pero estos paseos, poco a poco empezaron a ser menos frecuentes, y todo el interés que él me había demostrado ese primer día, se estaba muriendo. Me preguntaba si había hecho algo mal, ¿Será mi inexperiencia en la ciudad lo que lo aburrió? No entendía por qué después de tanto tiempo de invitarme a salir de mi Palacio, y de haberlo logrado definitivamente, ya no gustara más de mi compañía. Supe que tenía nuevas amigas afuera y lo más probable es que ellas ahora estuvieran ocupando el tiempo que él antes pasaba conmigo, pero me aliviaba pensar que a la Calle Prohibida, solo iba conmigo.
A pesar de esto, hace poco me propuso volver allí. Yo no sabía si era una buena idea, pero igual accedí, lo extrañaba. La primera parte del paseo fue muy grata, pero hubo un momento en que la situación se tornó en mi contra: descubrí que hacía tiempo estaba llevando a ese mismo lugar, a nuestra Calle Prohibida, a otra amiga. Me sentí defraudada. Si bien nunca me prometió que no lo iba a hacer, tampoco me lo había contado. Esta noticia implicó que yo no iba a ir más a ese lugar con él y probablemente tampoco a otros. Él intentó explicar la situación y demostrarme que le interesaba saber que yo iba a estar bien. Pero solo eso.
Hoy estoy afuera del Palacio, afuera sin él. La mano que un día tironeó para sacarme, hoy me soltó súbitamente. Sé que mi papá me espera, y que está dispuesto a ofrecerme nuevamente todo lo que abandoné, aunque nunca más podría volver a irme de su lado. El problema es que las luces me encandilaron, las calles son muchas, y yo quiero conocerlas.
Pero en mi autonomía tengo que reconocer algo: hoy que me dejaste sola en este pozo que juntos cavamos y al que juntos nos metimos, tengo miedo, miedo de no poder volver a salir.
Papá dice: "Vendiste tu primogenitura por un plato de lentejas..."
Haydée me dijo: "Sufriste pero lo necesitabas para conocer los sinsabores de la vida, algo de lo que ni siquiera tu papá te va a poder proteger"