lunes, 28 de diciembre de 2009

Dudas existenciales

Quién soy, qué quiero, a dónde voy, cómo voy a amanecer mañana. No tengo esas respuestas. En un momento pensé que sí, que sabía todo eso, pero después del ctrl.+alt+spr quedaron huecos en blanco que no sé con que llenar. ¿Hay que llenarlos? Es media trillada esta afirmación, pero yo no elegí nacer, por eso considero que es injusto tener que lidiar con todas estas dudas y el peso de ser alguien, alguien para mí, para mi familia, para mis amigos, para la sociedad, alguien para alguien, que un día te agarra con mucho cuidado, te trata y te cuida como a algo muy frágil y valioso, te sostiene con fuerza y te coloca en el estante más alto de su repisa coronando sus pertenencias, y bien lejos de todo lo que te pueda contaminar. Todos los días te mira, te alaba, te baja, te saca lo feo, y te vuelve a ubicar en tu podio cual trofeo admirado.

Pero un día, sin motivos aparentes, vos que eras alguien para ese alguien, pasas a ser nadie, te sacan de arriba y te mandan al fondo, a la oscuridad, a acumular el polvo de quien te desechó. ¿Qué condiciones te suben y qué condiciones te bajan?

Una vez más, uno piensa que sabe, pero resulta ser que no.

Hay gente que hace cosas trascendentales que quedan en la historia y que marcan a muchas personas, pero yo, a quienes admiro, es a quienes tienen la capacidad de transitar por esta vida sin enrollarse demasiado con los altibajos que a la mayoría nos toca atravesar. A esos admiro yo, porque así me gustaría ser. Entender que la vida es algo más simple, que todos perseguimos algo (aunque no sepamos bien qué), y que si el otro te bajo de su pedestal será porque dejaste de ser eso que él perseguía, y es muy probable, que en su lugar vos hubieras hecho lo mismo. Suena egoísta, pero así somos, nadie se queda mucho tiempo donde no la esta pasando bien. Yo quiero pasarla bien, como todos supongo, y espero que en este transitar no haya otros que tengan que sufrir para que yo pueda alcanzar lo que quiero. Y si en su transitar por esta vida, alguien me patea, quiero quiero y quiero con muchas fuerzas levantarme y seguir mi camino tranquila, como esos que admiro.

Después de leerme en este blog me dí cuenta (obvio, por las circunstancias!) que estuve un poco negativa. Ojalá que el 2010 me encuentre escribiendo cosas más lindas (que desde ya que también las hay para contar!) y a vos también, ya sea que las escribas o no en líneas como éstas, pero que sí las puedas escribir en tu vida (me puse cursi :P). Y como sé que todavía nos quedan muchas por pasar, me deseo y te deseo para este nuevo año un “Take it easy”, que la vida nos encuentre así =).

sábado, 26 de diciembre de 2009

El cuento de mi vida

Era muy lindo despertarme todos los días en mi Palacio de Cristal, entendiendo que la vida era eso: bienestar. Ser la hija del Rey no es cosa menor, y si bien mi entorno cotidiano no me permitía olvidarlo, tampoco se olvidaban de recordármelo todos mis súbditos, que lejos de presentarse obligados a ofrecer sus reverencias y servicios, lo hacían con toda la calidez que alguien pudiera esperar de otra persona.

Mi palabra tenía peso. Si bien nunca me gustó abusar de la autoridad que mi papá me había concedido, sabía muy bien que el solo hecho de mover mis labios implicaba obediencia por parte de quienes me rodeaban.

El palacio era inmenso, cómodo y confortable, y en él, estaba todo lo que necesitaba para vivir. Mi papá siempre me hacía promesas: permanecer en el Palacio haría que mi vida fuera cada día mejor, hasta alcanzar una eternidad en el Paraíso. Él siempre me decía que ahí no iba a necesitar nada, porque él había preparado todo para que sin salir yo pudiera conseguir lo que me hiciera falta. Si si, hasta un Príncipe se encargaría de conseguirme, con todas las cualidades que yo anhelara.

Para esto había una única condición: tenía que esperar el tiempo que él creyera necesario para que esto ocurra. Y claro, la espera valía la pena, porque no era cualquiera, era el hombre de mi vida, y yo iba a ser su mujer.

La verdad es que el Palacio era hermoso, pero era lo único que conocía. Desde mi ventana podía ver las luces que venían de la ciudad, eran muchas y de colores, pero nunca había estado ahí afuera, no lo necesitaba. Poco a poco (mientras esperaba) empezó a crecer en mí el interés por ese afuera “¿Qué habría allí? ¿Sería más lindo que mi hermoso y confortable palacio? ¿Serían todos tan buenos como mi papá?” Alguna vez había tenido contacto con gente del exterior, pero siempre era de forma breve, lo justo y necesario. Así fue como cada día empecé observar la ciudad a través de mi ventana, más detenidamente, y no puedo negar, que cada día no solo crecía el interés por ella, sino también las ganas de salir a conocerla, aunque papá siempre me decía que estar adentro era mejor, que no me convenía salir.

Uno de esos días, mirando por la ventana, un joven que me vio, se detuvo y comenzó a hablarme. Era simpático, pero yo tenía que ser precavida, y antes de que pudiera confundirse, me ví en la obligación de explicarle que nunca iba a salir del Palacio. Él lo entendió muy bien.

Los días pasaban y nuestra amistad crecía. Yo le contaba mi vida en el Palacio, y él me contaba su vida en la ciudad. En una ocasión, a pesar de mi advertencia, este joven me invitó a conocer la ciudad con él. Yo dudé, pero él me aseguró que nada me iba a pasar, que él iba a estar conmigo y me iba a guiar. Un día, a escondidas, decidí que no podía ser tan malo, y salí con él.

El paseo fue hermoso, y la ciudad me fascinó. Este fue el primero de muchos paseos que se sucedieron. Cada salida era más prolongada, y en cada una de ellas, los lugares por descubrir eran nuevos. Él sabía bien lo que hacía, cada vez que salíamos, me llevaba a un lugar mejor. Algunos lugares al principio me daban miedo, pero de una forma u otra, tarde o temprano, siempre terminábamos yendo.

Una vez lo invité al Palacio, y aunque no le gustó, se quedó conmigo y conoció como era mi vida. Hubo otras oportunidades en que lo esperé, banquetes y eventos importantes, pero él prefirió no volver. Aunque me parecía un poco egoísta e injusto de su parte, yo lo seguí acompañando afuera, aunque él rechazara mis invitaciones.

Cuando mis salidas se hicieron evidentes dentro del Palacio, decidí que era hora de hablar con papá. No me gustaba mucho la idea de contradecirlo, pero ya mi voluntad estaba ganando peso, y no podía ir en contra de ella, a pesar de las consecuencias…

Si. Tuve que renunciar al trono. El imán que me atrajo de esa ciudad fue tan fuerte que no me importó renunciar a mis privilegios y a todos lo beneficios que mi papá me ofrecía: había encontrado otros afuera, y con esos me alcanzaban.

Mi amigo celebró mi independencia, mejor dicho, celebramos. Con motivo de mi nueva libertad, me llevó a un lugar al que nunca me había animado a ir, la Calle Prohibida. Ya habíamos pasado cerca otras veces, pero nunca me había atrevido a cruzarla. Esa noche decidí que ya podía hacerlo, no tuve miedo, y de su mano, la crucé. Él me hizo sentir protegida, yo sabía que nada malo podía pasar. Algunas otras veces volvimos a transitarla, y cada vez que pasábamos, yo encontraba nuevos atractivos, comenzaba a entender por qué le gustaba tanto ir!

Pero estos paseos, poco a poco empezaron a ser menos frecuentes, y todo el interés que él me había demostrado ese primer día, se estaba muriendo. Me preguntaba si había hecho algo mal, ¿Será mi inexperiencia en la ciudad lo que lo aburrió? No entendía por qué después de tanto tiempo de invitarme a salir de mi Palacio, y de haberlo logrado definitivamente, ya no gustara más de mi compañía. Supe que tenía nuevas amigas afuera y lo más probable es que ellas ahora estuvieran ocupando el tiempo que él antes pasaba conmigo, pero me aliviaba pensar que a la Calle Prohibida, solo iba conmigo.

A pesar de esto, hace poco me propuso volver allí. Yo no sabía si era una buena idea, pero igual accedí, lo extrañaba. La primera parte del paseo fue muy grata, pero hubo un momento en que la situación se tornó en mi contra: descubrí que hacía tiempo estaba llevando a ese mismo lugar, a nuestra Calle Prohibida, a otra amiga. Me sentí defraudada. Si bien nunca me prometió que no lo iba a hacer, tampoco me lo había contado. Esta noticia implicó que yo no iba a ir más a ese lugar con él y probablemente tampoco a otros. Él intentó explicar la situación y demostrarme que le interesaba saber que yo iba a estar bien. Pero solo eso.

Hoy estoy afuera del Palacio, afuera sin él. La mano que un día tironeó para sacarme, hoy me soltó súbitamente. Sé que mi papá me espera, y que está dispuesto a ofrecerme nuevamente todo lo que abandoné, aunque nunca más podría volver a irme de su lado. El problema es que las luces me encandilaron, las calles son muchas, y yo quiero conocerlas.

Pero en mi autonomía tengo que reconocer algo: hoy que me dejaste sola en este pozo que juntos cavamos y al que juntos nos metimos, tengo miedo, miedo de no poder volver a salir.


Papá dice: "Vendiste tu primogenitura por un plato de lentejas..."

Haydée me dijo: "Sufriste pero lo necesitabas para conocer los sinsabores de la vida, algo de lo que ni siquiera tu papá te va a poder proteger"

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Bandera blanca

Me enteré de una situación que me aniquiló por dentro. No es algo trágico, mejor dicho, si lo es, lo es solo para mí. La verdad es que no es algo que me haya sorprendido por completo. La sorpresa fue su confirmación. Hoy me pregunto ¿Qué es peor? ¿Saberlo y sufrir? o ¿No saber y tener esa incertidumbre horrible que tampoco te deja estar tranquilo?
El primer día (el día que me enteré) fue el shock, como un baldazo de agua fría, helada, congelada mientras estás tirado al sol y tenés el cuerpo calentito. El segundo día fue como masticar clavos que nunca iba a poder digerir: fríos, duros, amargos y con horribles puntas clavándose por todos lados. El tercer y cuarto día fue repetir una y otra y otra y otra vez esa horrible y cruel frase entre sollozos, enojo, tristeza, bronca y desazón. Hoy es el quinto día, y no mejora. No lo puedo asimilar, repito esa frase y es raro pero creo que siento el dolor en el pecho, muy profundo y punzante. Quisiera que ya haya pasado un año, o dos. Pero no, la consciencia de que esto todavía tiene para rato me bajones de antemano. ¿Cuánto tiempo lleva asumir un desamor? ¿Cuánto tiempo duele? ¿Cuántas veces voy a repetir esa escena en mi cabeza? ¿Cuántas líneas tengo que escribir para vaciar todo este cúmulo de sensaciones feas que convergen en mi cabeza cuando recuerdo su nombre? ¿Cómo se pesa en una misma balanza la ilusión y la caída?
No no no, yo no soy así. Mi cabeza intenta convencerme de mi dureza y frialdad. Es todo una gran mentira. Esto me afecta y ya no sé como canalizarlo. Como dice una canción, “es el tiempo, que se puso violento”. Creo que conmigo se fue de tema, y yo ya no tengo más ganas de enfrentarlo. Bandera blanca: me rindo.

domingo, 20 de diciembre de 2009

No entendí

No entendí tu insistencia por años
No entendí tu insistencia aún después del rechazo
No entendí que me esperes por muchos meses
No entendí que me escuches por muchas horas
No entendí que me acompañes
No entendí que me saques de la burbuja
No entendí que me abraces
No entendí que me beses
No entendí que me acaricies
No entendí dormir
No entendí despertar
Pero menos entendí ceder, y que no te haya importado.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Hoy creo que...

...soy polvo adentro...

viernes, 18 de diciembre de 2009

Llamado de emergencia

“Protect me from what I want” es el título de una canción de Placebo. No soy una super fanática de la banda ni tengo intenciones de hacer un análisis sobre el contenido de toda la letra. Pero esta frase me resulta especialmente interesante porque creo refleja muy bien la realidad de nuestros deseos: “Protegeme de lo que quiero”.
En un post anterior hice referencia a aquellas personas de las que nos rodeamos y que pueden generar en nosotros sentimientos encontrados. Sin embargo, eso que nos lleva muchas veces a encontrarnos con el malestar, no tiene necesariamente que ver con algún otro, sino precisamente con aquello que nosotros mismos queremos (aunque esto si puede incluir a otras personas) y por ende buscamos y perseguimos cual perro tras un hueso.
¿Tan dañino puede llegar a ser aquello que nos atrae como para necesitar ser protegidos de eso? Esto me remite a la letra de otra canción (me puse muy musical!) de una banda argentina llamada “Adicta”. Es un poco más extrema la letra quizás, pero creo que básicamente refleja lo mismo, por eso me permito copiar un fragmento:

"Lo que enferma"
Y así sigue mi historia

creyendo que aprendí
lo que no debo hacer
y en vez de estar más seguro
me acerco más a perderme
hoy sé menos que ayer
y cada vez siento menos
respeto por mi vida
No tengo miedo a morirme
más miedo tengo a enfermar
y yo no quiero dejar
de disfrutar lo que enferma

Ok, creo que tan mal no estoy, pero volviendo al punto, esto de “no dejar de disfrutar lo que enferma” o bien podría decirse “lo que hace mal”, es algo muy habitual en nosotros, los seres humanos. Un ejemplo muy obvio podría ser el cigarrillo, o las drogas, pero claro esta que acá la intención no es hacer foco en este tipo de cosas donde las consecuencias son más evidentes digamos.
El punto está en aquellas situaciones de la vida que permitimos y que uno, en su afán de alcanzar el placer que le proporcionan, justifica aún sabiendo que a largo plazo (o no tan largo) nos retribuirá con una mega patada voladora.
Esta letra de Adicta tiene otra frase interesante: “cada vez siento menos respeto por mi vida”. Esto me genera una contradicción: por un lado, pensar que si permitimos y no solo eso, sino que queremos aquello que terminará por dañarnos, lógicamente nos estamos faltando el respeto a nosotros mismos, pero por otro lado, ¿No nos faltamos el respeto también cuando no vamos en pos de eso anhelado por miedo? Supongo que en este caso para tratar de encontrarle sentido a todo este embrollo, habría que evaluar cual es ese objeto del deseo.

En fin, si de algo estoy segura, es de que por más que se le busque la lógica y la coherencia a lo que nos pasa internamente, lamentablemente sería como buscar una aguja en un pajar. Por eso, si como dice Placebo, hay alguien que me pueda proteger de lo que quiero: Hola, esto es para vos.