¿Cuántas veces me tengo que tropezar con la misma piedra para darme cuenta que estando ahí, lo más sabio es esquivarla si no me quiero volver a caer?
Se ve que soy fan de las caídas, porque de esa piedra no solo soy muy consciente, sino que es lo suficientemente grande como para no verla.
Lo peor de todo es que los golpes son acumulativos, no desaparecen los moretones viejos, que sobre esos me hago nuevos. Y no, no perdí la sensibilidad, la verdad es que duelen bastante.
Supuestamente los animales son más inteligentes para estas cosas, no cometen dos veces el mismo error, sin embargo, nosotros con toda nuestra capacidad intelectual (o por lo menos yo!) no somos capaces de distinguir y sacar de nuestro camino aquello que una vez nos hizo daño, y que lo más probable (seguro seguro) es que vuelva a hacerlo. Esto me hace pelear conmigo misma. Un libro ancestral dice que uno tiene que pensar de sí mismo con cordura, y la verdad es que yo sin intenciones de alardear, me considero inteligente y astuta para muchas cosas. Pero no puedo creer como puedo actuar de forma tan estúpida para otras mucho más simples como estas. ES FÁCIL: la piedra te hace caer, anda por otro lado o esquivala! Pero no! no! no! tanta lucidez no alcanza para semejante tarea, entonces la piso y al piso…
Lo interesante de esto es que esta situación no se ignora, sino todo lo contrario. Cada vez que me caigo digo: “la próxima no me pasa”, porque claro, con el llanto a cuestas uno se cree fuerte y decidido, pero a mí eso me dura hasta que decido volver por el mismo camino.
Me pregunto en qué parte del sistema estará la falla, con la ilusión de identificarla y cambiarla, cual repuesto.
Lamentablemente con esto no hay service que valga, y aunque en general no suelo y no me gusta conformarme con las respuestas obvias, no me queda más que acudir a una de ellas, tratando de rescatar algo positivo, y por lo menos pensar que de los errores, aunque sea algo se aprende.
