jueves, 26 de noviembre de 2009

Un tropezón muchas veces es caída

¿Cuántas veces me tengo que tropezar con la misma piedra para darme cuenta que estando ahí, lo más sabio es esquivarla si no me quiero volver a caer?

Se ve que soy fan de las caídas, porque de esa piedra no solo soy muy consciente, sino que es lo suficientemente grande como para no verla.

Lo peor de todo es que los golpes son acumulativos, no desaparecen los moretones viejos, que sobre esos me hago nuevos. Y no, no perdí la sensibilidad, la verdad es que duelen bastante.

Supuestamente los animales son más inteligentes para estas cosas, no cometen dos veces el mismo error, sin embargo, nosotros con toda nuestra capacidad intelectual (o por lo menos yo!) no somos capaces de distinguir y sacar de nuestro camino aquello que una vez nos hizo daño, y que lo más probable (seguro seguro) es que vuelva a hacerlo. Esto me hace pelear conmigo misma. Un libro ancestral dice que uno tiene que pensar de sí mismo con cordura, y la verdad es que yo sin intenciones de alardear, me considero inteligente y astuta para muchas cosas. Pero no puedo creer como puedo actuar de forma tan estúpida para otras mucho más simples como estas. ES FÁCIL: la piedra te hace caer, anda por otro lado o esquivala! Pero no! no! no! tanta lucidez no alcanza para semejante tarea, entonces la piso y al piso…

Lo interesante de esto es que esta situación no se ignora, sino todo lo contrario. Cada vez que me caigo digo: “la próxima no me pasa”, porque claro, con el llanto a cuestas uno se cree fuerte y decidido, pero a mí eso me dura hasta que decido volver por el mismo camino.

Me pregunto en qué parte del sistema estará la falla, con la ilusión de identificarla y cambiarla, cual repuesto.

Lamentablemente con esto no hay service que valga, y aunque en general no suelo y no me gusta conformarme con las respuestas obvias, no me queda más que acudir a una de ellas, tratando de rescatar algo positivo, y por lo menos pensar que de los errores, aunque sea algo se aprende.

domingo, 22 de noviembre de 2009

¿Hay alguien ahí?


Todos sabemos que no es lo mismo estar solo, que sentirse solo. Esta sola a mí me gusta, pero sentirme sola, por supuesto que no.
Me da miedo que esto de sentirse solo este tan íntimamente ligado a la dependencia de otros. Si, entiendo que somos seres sociales, y que por ende, necesitamos relacionarnos con otros, pero ¿Qué pasa cuando ese otro empieza a ocupar un lugar tan alto en nuestro ranking de personas importantes que pareciera que su no existencia, (o sin ser tan trágica) su desaparición, su alejamiento o su abandono pudiera derrumbar nuestro mundo abruptamente? No quiero sonar fría, pero de verdad me asusta llegar a querer tanto a alguien, si esta puede ser una de las consecuencias.
Tal vez tiene que ver con el hecho de que suele pasarme que siento que es muy difícil que alguien me entienda. O sea, no quiero hacerme la complicada (aunque puedo serlo un poco…) pero no me refiero a que los demás no entienden porque son tontitos, sino a que no pueden entenderme completamente, como que siempre queda algo en el tintero.
Pero cuando milagrosamente casi entre luces blancas y humo, aparece alguien que parecería poder llegar a captar toda mi complejidad, escala súbitamente a los primeros puestos en la jerarquía de gente valorable. Puede parecer injusto, y probablemente lo sea, pero paralelamente hay otros esforzados trabajadores que intentando con mucho esmero llegar a la cima, lamentablemente nunca lo lograrán.
Esto me hace pensar que el tema de la soledad en muchos casos, aunque conscientemente es muy probable que nadie opte por ella, termina siendo una cuestión de elección. Esos que tan rápido ascendieron, así de rápido pueden también caer, y con ellos arrastrar toda nuestra felicidad. Y sin embargo cuando otros intentan llenar esos huecos, ya sea porque nos quieren, les importamos, o sea cual fuere el motivo, les ponemos tantas trabas en el camino que terminan por desistir.
¿Cómo se resuelve este dilema? Pienso que lo más importante es estar completo uno mismo. Es decir, que la presencia de otros en nuestra vida sea gratificante, tanto de ellos hacia nosotros, como de nosotros a ellos, pero que tengamos cuidado de no convertirlos casi en miembros de nuestros cuerpos, porque cuando un miembro falta, supongo que es muy difícil vivir sin notar su ausencia, si en algún momento estuvo ahí.
Una vez escuché a alguien que hablaba en referencia a la búsqueda de pareja, y decía que no debemos pensar en términos de encontrar a nuestra otra mitad, o como también se conoce, a nuestra media naranja. Esta persona decía que tenemos que pensar como “naranjas enteras”. Es decir, el otro te acompaña, no te completa, juntos pueden estar muy bien, pero su ausencia no te tiene que reducir.
Yo no quiero sentir que me falta un ojo. Mejor dicho, no sé si quiero darle a alguien tanta importancia, al punto que cuando no esté, sienta casi como si ya no pudiera ver bien. Ni quiero hacerle sentir eso a otro. Ojala podamos encontrar el equilibrio para que nuestras relaciones con el resto hagan grata nuestra estadía en esta tierra, cuidándonos a nosotros mismos y entendiendo como decía Kant, que somos un “fin en sí mismo”.

martes, 17 de noviembre de 2009

Somos tan complejos

Lo que me descoloca es que nuestra propia mente nos juegue en contra todo el tiempo. ¿Por qué será que cuando hay algo que molesta, algo que bajonea, algo que enoja, nuestra cabecita se empecina en mantenerlo constantemente presente? Y si por algún motivo, algo nos distrae momentáneamente, cuando nuestra cabeza gana la pulseada por volver a instalarlo, el enojo, el malestar y/o la tristeza retornan en un grado mucho más alto!
Nuestra mente es como un campo de batalla. La lucha entre opuestos siempre esta presente, y con esto si que hay que tener cuidado, ya que si nos metemos con demasiado fervor a mediar en esta lucha, no solo podemos salir lastimados, sino que podemos ser conducidos directo y sin escalas a un estado de locura.
Una dupla que no falla en estos combates, es la de amor/odio. Cuando eso (ese o esa) que tanto querés, a la vez te hace sufrir tanto…Cuando eso que tanto te molesta, forma parte de eso que tanto amás. Es ahí, en ese punto de convergencia, o mejor dicho de choque, que nuestras mentes, y por supuesto, nuestras emociones, entran en cortocircuito.
Claro está que esto no tiene ninguna lógica. Pero pensando fríamente, creo que es mejor así, mejor no entender por que se da esta situación. Mucha más impotencia nos produciría sería saber la causa y no poder hacer nada para evitarlo.
Según los que saben, hay tres causas que generan malestar en el hombre: la degeneración del cuerpo, las fuerzas de la naturaleza que no podemos dominar y las relaciones con los demás. Obviamente de estos tres, el último punto es el que más afecta al ser humano ¿Por qué? Porque el hombre interpreta que el daño que proviene del otro es un daño que podría ser evitado, y esta cuestión (tan cierta) es la que nos lleva a preguntarnos una y otra vez sobre la causa que llevó al otro a ubicarnos como el blanco de sus dardos. Causa que difícilmente lleguemos a conocer.
Lo trágico de esta montaña rusa del amor y del odio, es que nos tomemos estas instancias tan a pecho, al punto que cuando se atraviese por la primera, la del amor, creamos estar en la curva más alta de todas, como si no hubiera chances de subir más, y sin embargo, cuando se atraviese por la del odio, la caída desde ese lugar parezca tan trágica, al punto de sufrir como si nunca más nos pudiéramos volver a levantar.
Será que habrá que buscar un punto de equilibro. No digo una meseta, porque eso anularía la emoción y tornaría todo demasiado aburrido. Pero si evitar estos vaivenes tan extremos.
Supongo que hacerlo debe requerir una gran fuerza de voluntad y de dominio sobre las emociones, tarea bastante dificultosa.
Una vez alguien me dijo que me quería todos los días. No sé si eso se puede, pero lo que sí trato de no olvidarme, es que todos estamos de los dos lados, el de los que pueden ser lastimados, y el de los que pueden lastimar. Por eso lo mejor es canalizar ese odio y no reventar.
Yo hoy trato de canalizarlo en estas líneas. Estoy intentando bajar un poco la velocidad, así que espero que la próxima caída (porque asumo que alguna va a haber) sea más leve, y que el golpe no sea tan fuerte.